Mágica interpretación remontó a la pasión de Mozart

Por: Alberto Robledo Cervantes
05/11/2015 10:44 PM

Torreón, Coahuila

¿Qué caracteriza la personalidad de un muchacho de 17 años que empieza a tener roces con la fama? Solamente por la edad se sabe de la volatilidad de carácter y la infinidad de cuestiones que acuden a su cabeza. Ahora, si se le añade a eso que el muchacho se encuentra inmerso en un quiebre de estructuras entre la razón y la pasión la cosa desemboca a la transgresión.

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Todas estas fueron las cosas que le pasaron a un joven Mozart, que en 1773, a los 17, resolvió sus dudas con una sinfonía compuesta en tonalidad menor, hecho inaudito en el siglo XVIII. Esta composición es la Sinfonía No. 25 en sol menor, K. 183, fechada el 5 de octubre de ese año e interpretada por la Camerata de Coahuila.

Toda la atención era para la armonía que dibujaba el recuerdo del compositor de Salzburgo, del músico que escribió un Requiem para su propia muerte.

Era, además, un joven al que le gustaban los sonidos fuertes. Estos los consiguió tocando con cuatro cortos franceses, otro detalle que rompió con las estructuras de la época, cuando se acostumbraba a tocar a lo sumo con dos.

Otra de las obras interpretada por la Camerata fue la Misa de Réquiem en Re menor, K. 626 para solistas, coro y orquestas, compuesta por el mismo Mozart.

Esta obra tiene una peculiar anécdota: en julio de 1791, el compositor recibió una petición anónima para escribir una misa de difuntos, la cual Mozart arguyó que era un llamado que la hacia su muerte, es decir que la composición sería para el propio funeral de Wolfgang Amadeus.

Para interpretar esta pieza hubo seis solistas invitados. La soprano Marcela Chacón, Itia Domínguez, mezzosoprano, el tenor Gilberto Amaro y el barítono Carlos Revueltas. Además los coros de despedida para el difunto fueron entonados por el coro de la Escuela Municipal de Música Silvestre Revueltas.

El auditorio del Teatro Nazas una vez más estuvo a tope. De asientos vacíos hubo pocos. La atención toda era para la armonía que dibujaba el recuerdo del compositor de Salzburgo, del músico que escribió un Requiem para su propia muerte.

 

Fuente: Milenio.com